Gallardo, el monstruo de la corbata para Boca

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Desde hace años que caminar por el barrio de La Boca con una careta de Marcelo Gallardo suena a un guión perfectamente posible para una remake de Scream. Ahora también se podría hacer una de terror con una corbata en lugar de una máscara. Da igual. El Muñeco es Chucky para los de enfrente.

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Chucky 8 salió hace un par de años, pero en Argentina se estrenó el domingo: el baile de River a Boca, la goleada 2-1 de River a Boca, fue la octava maravilla del cambio de paradigma que representó para los superclásicos la llegada de Gallardo a Núñez en 2014. Y Sebastián Battaglia fue la última víctima de una cadena de triunfos contra el rival de toda la vida, que tuvieron epicentro en Madrid el 9 de diciembre de 2018 pero que se dieron en todas las formas y contextos posibles.

La última, la del domingo, acaso haya sido una novedad que no estaba en el abanico: el derrotero xeneize con el River de MG entregó esta vez una versión de un Boca que jugó casi todo el partido con el mero objetivo de no volverse del Monumental con cinco o seis goles en la canasta. Más allá de la expulsión de un Marcos Rojo que en contraposición con Enzo Pérez reveló parte del secreto del CARP todos estos años, que fue tener líderes inteligentes para jugar finales, el equipo del Muñeco redujo a Boca a una expresión inédita.

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La fobia que genera Gallardo ya había llevado a ver planteos como los de Gustavo Alfaro, con triple cinco y Soldano y Mac Allister de laterales bis (“no iba a ser partenaire del festejo de nadie”, dijo Lechuga justificando su estrategia en el 0-0 post Bernabéu), o los del mismo Miguel Ángel Russo, que logró empatarle sin patear un solo tiro al arco. Esta vez, cuando a priori Boca llegaba con una idea un poco más acorde a su propia grandeza, la cosa fue un poco más allá: no sólo no jugó de igual a igual sino que directamente no jugó. O no compitió, como dijo alguna vez Riquelme sobre aquel River contra el Barcelona de Messi-Neymar-Suárez en Japón.

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A Arruabarrena le ganó en la Sudamericana 14 y la Libertadores 15 con un juego rocoso, marcando presencia, raspando fuerte y pegando en los momentos justos sin darle chances concretas de gol a un equipo, el del Vasco, que intentaba jugar a otra cosa. A Barros Schelotto le ganó siempre con movimientos tácticos que dejaron a Guillermo perdido (el Pity Martínez detrás de Barrios y detrás de Jara; Pratto casi de ocho; línea de tres defensores, etc.), pero en igualdad de condiciones contra un Boca que en los primeros cruces lo atacaba con mucho vértigo y que en la final eterna de la Libertadores ya empezó a mostrar un respeto utilizando a Villa y a Pavón como carrileros y no como los delanteros que son.

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A Alfaro y sus premisas ultraconservadoras los bailó en el Monumental en aquella semifinal de la Copa 19 con un fútbol total, en un 2-0 casi tan mentiroso como el resultado del domingo. Y ahora, después de cuatro empates en fila en los que no pudo demostrar la superioridad latente (incluido un juego en el que no tuvo a más de medio plantel por Covid) y de los que quedó una imagen negativa por los penales, volvió a imponerse contra un Boca que por primera vez pareció un oponente testimonial.

El aura de Riquelme tampoco pudo contra él y se pierde en la big picture: de los últimos 12 clásicos oficiales, el CABJ sólo pudo ganarle una vez a River en el juego regular (1-0 en la vuelta de semis de la CL 19 y afuera igual). En Mendoza, en La Boca, en la Copa, en Europa y ahora en Núñez, raspando, jugando al ajedrez, con un fútbol lírico, contra un rival con una idea similar, contra otro más rápido para atacar, otro ultradefensivo, y otro que apenas pidió clemencia desde el primer tiempo: la leyenda de Gallardo con los primos se estiró un poco más.

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Con un camperón, saco y remera, desde un palco y ahora con una corbata que en la previa, sin poder comprarla fácilmente por e-commerce, mandó a sublimar para regalarse y regalarles un guiño labrunesco a los hinchas y a la descendencia de Angelito.

¿Habrá sido el símbolo de la última función de esta era en un superclásico, antes de pasar a ser estatua? Para saber eso habrá que esperar, pero no cuesta imaginar que los millones de hinchas de River no serán los únicos que estén emocionalmente pendientes de una decisión que el Muñeco aún no tomó: los de Boca, también. Porque si algo espera el colectivo xeneize desde hace años, casi con más ansias que cualquier otra cosa, es que se vaya Gallardo, que se termine la pesadilla de este monstruo que ahora usa corbata.

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La original, una creación de un hincha de Boca…

Una vez, durante un viaje a Rosario, hizo frenar un micro para que toda la delegación caminara por la banquina de la Ruta 9 para buscarla cuando se dio cuenta de que la había perdido: la corbata original de Ángel Labruna con la Banda, un símbolo de época y una de las tantas costumbres o cábalas que había adoptado el ídolo fundacional de toda la vida de River tiene su propia historia. Aquella vez Angelito la recuperó y por eso hoy puede verse en un espacio reservado al Feo en el Museo del club. Allí se encuentra la original, cedida por la familia hace algunos años.

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La corbata azul con la franja rojiblanca en el centro que replicó Gallardo en el superclásico del domingo contra Boca fue un ícono de la etapa de AL como entrenador, especialmente durante el Metropolitano de 1975 con el que River cortó la sequía de los 18 años sin vueltas olímpicas. Y fue un regalo de Ante Garmaz, reconocido hincha de la contra, que diseñó exclusivamente la prenda para su amigo Labruna antes de que el máximo goleador de la historia del club asumiera como DT. Por eso lleva su etiqueta.

Y claro, próximamente la corbata que usó Gallardo (y que también fue homenajeada por un modelo de camiseta alternativa que usó River entre 2016 y 2017) seguramente pasará a ser parte del acervo del Museo, como sus famosos sacos.

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